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Te follo y te vas

¡Te quieres ir, coño!

¡Te quieres ir, coño!

Un noviete que tuve una vez por error (sí, vamos, por error mío de agenciarme semejante noviete), se mosqueaba conmigo porque después de follármelo, yo lo echaba de mi casa.

Llevábamos saliendo un mes y era el segundo polvo (en el primero fuí diplomática y no le eché). Al terminar, le expliqué educadamente que quería que se marchara, porque a mí me gustaba dormir sola en mi cama y descansar a pierna suelta hasta la hora de levantarme para ir al trabajo o a donde fuera que tuviese que ir.

Resultó que no le hizo ni pizca de gracia y me comentó que no le parecía bien que yo adoptara esa actitud y que él tuviera que salir de madrugada de mi casa para irse a la suya…

Que conste que el noviete este vivía a cinco minutos de mi casa y en un barrio seguro y bien iluminado.

Yo pagué la novatada la primera noche y por eso decidí que una y no más. Porque… ¿sabéis que hizo la primera noche polvorosa? O mejor dicho, ¿a la mañana siguiente después de yo cometer el error de dejar que se quedara a dormir?. Pues lo que hizo fue levantarse a la par que yo y colgarse de mí como un mono.

Juro por Snoopis-pis que eso hizo. Se me abrazó por la espalda, un brazo enganchado en mi cuello y otro bajo mi axila y no me soltaba. Era más fuerte que yo y lo tuve un buen rato así, caminando por el pasillo, en la cocina, en el baño…

Una vez que logré zafarme de aquello, me encerré en el cuarto de baño y recé porque se fuera pronto. Pero qué va. Empezó a pegar en la puerta y a decirme que lo dejara entrar. Le expliqué que estaba cagando y que esas cosillas, a ser posible, me gustaba hacerlas sola.

¿Enténdeis porque lo eché de mi casa tras el segundo polvo?

Este noviete tan plasta me duró dos telediarios.

Es que no se puede ser tan coñazo.