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Piropear a las mujeres

¡María, illaaaaa, ten cuidaooooo, que te vas a caer pá atrás de buena!

¡María, illaaaaa, ten cuidaooooo, que te vas a caer pá atrás de buena!

Es curioso el tema de los piropos y los piropeadores.
Raro es que me dediquen alguno cuando voy por la calle. Si salgo por ahí vestida con ropa normal, soy una más entre un millón y más bien poco llamativa. Y precisamente Málaga es una ciudad donde es habitual ver bombonazos muy ligeros de ropa.
Pero de vez en cuando, cae alguno (me refiero a los piropos). La semana pasada me tuve que reir con un yonqui, que estaba sentado en la entrada de un supermercado pidiendo limosna y viendo pasar a la gente. Al verme a mí, gritó muy exagerado:
-¡¡Niñaaaaaaaaaaaa!!
Yo miré sobresaltada, me sonrió con toda la guasa y me dijo con voz de yonqui:
– ¡A ver si te puedes subir un poquito más la falda y nos alegras el día a todooooos, guaaaapaaaaaa!.
Y luego están los piropeadores empeñados en que voy muy seria. Eso me lo dicen mucho. Pero vamos a ver: si voy andando yo sola por la calle pensando en mis cosas… ¿qué queréis, que vaya descojonándome todo el tiempo? Mis rasgos en reposo resultan serios, en efecto, más o menos como los de todo el mundo, ¿pero qué le voy a hacer?
El último piropeador preocupado me decía:
– ¡Niñaaaa, no ve qué guapa vas!
Que por cierto, este era un maromo impresionante que iba en bici sin camiseta. El tío estaba buenísimo.
En vista de que no le hacía caso, él insistió:
– Es que vas guapísima, hija… pero mira, qué te pasa, porque vas muy seria, muy seria…
Ahora, eso sí: el piropo más raro que me han echado en mi vida y con el que más me reído (me parto aún años después), me lo dijo un antiguo novio.
Resulta que una mañana me levanté yo con mi habitual pavazo y fui a hacer pis. Sonó el teléfono fijo en el salón y yo terminé rápido el pis y fui a cogerlo (el teléfono, no el pis). Para agilizar la operación, dedicí no subirme las braguitas ni los pantalones del pijama, así que fuí dando saltitos con los tobillos enredados. Como era de esperar, me pegué un hostión y quedé tendida boca abajo, a todo lo largo, en mitad del pasillo, con las bragas y los pantalones bajados y el culo el aire en pompa…
Me hice daño (nada grave), y como me dolió, apenada, cuando vi a mi novio unas horas después se lo conté.
Al oirlo, lo único que él acertó a decirme fue:
– Hostias, pues menos mal que no te encontré yo así, porque si no, encima te follo…
Tenga usted novios para esto. Qué bonito. Eso está precioso.
Pero hay que reconocer que tuvo gracia el tío.