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Hablar en la cama

Ayyyyyy, payoooo, dame una moneaaaaa.

Ayyyyyy, payoooo, dame una moneaaaaa.

Tengo curiosidad porque me contéis vosotros, lectores de este soberbio blog, qué cosas decís o habéis oído decir en el momento de llegar al orgasmo o en los instantes previos o posteriores.

A Carlo, hombre experimentado como el que más, le pedí el otro día una lista de esas cosas, pero como le encanta incordiarme no me la ha hecho.

Yo, en ese aspecto, no tengo muchas experiencias. En lo que a mí respecta, soy un bicho silencioso y prudente y prefiero estarme calladita.

Por otro lado, las cosas que me han dicho los tíos en la cama no han sido muy originales. Sólo me atrevo a mencionar dos o tres. Por ejemplo:

Ahhhhhhrrrrrrrrggggggggggg, ooooooffffffffffffffff, aaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh (no tengo ni idea de qué significa todo esto, pero es lo que me dicen con más frecuencia).

– Te quiero, María (bueno, sin comentarios: éste es el clásico tío enamorado. Marrón con patas donde los haya).

– Tu vagina está hecha para mi polla (ya tuvo que hablar el poeta de los huevos…)

– Tú ahí abajo tienes algo que me vuelve loco (sí, yo es que soy como un tumor cerebral pero en chichi).

– Me voy a correr en tu caraaaaaaaa (Carlo, macho, ¿otra vez???? ¡Córrete en una maceta, hostias!).

Manda webos.

La verdad, no sé qué es peor: si lo de “te quiero” o lo de “tu vagina está hecha para mi polla”.

¡Callarse ya, cojones! ¿Para eso habláis?

En fin.

Y ahora contadme cositas que hayáis dicho u oído vosotros, que nos vamos a reir todos un rato… jejeje.

Sexo oral

Haciendo la bicicleta.

Haciendo la bicicleta.

Bueno, si habéis visto el título de esta entrada, que sepáis que no, que no es eso de lo que voy a hablar.

O sí, pero no en el sentido que vosotros creéis.

Aunque realmente no sé lo que creéis.

Lo mismo ni sois creyentes.

Da igual.

No os voy a hablar de comer almejas ni pepinos de mar. Ni de Dios.

A lo que voy, es a cosas que se dicen en contextos sexuales.

Todo esto viene porque me he acordado de que han sido varios los tíos (Carlo no,menos mal), que en el momento de correrse o justo después, me han dicho entre jadeos una frase proverbial, y más o menos con las mismas palabras:

– María, tu vagina está especialmente hecha para mi polla.

Y yo, con la sensibilidad y delicadeza que me caracterizan, no he podido evitar el estallido de carcajadas y el cachondeo durante varios días con el pobrecillo piropeador, que me ha dicho la gran frase desde su corazoncito palpitante y con toda la buena intención del mundo.

Pero de verdad os lo digo, macho: es que sois muuuuuuuu tontos.

A ver cómo os lo explico: las vaginas son elásticas, flexibles, adaptables. Salvo que tengas algún problema físico de distensión muscular por ahí, creo que se puede decir que cualquier vagina está hecha para tu polla. La mía, la de tu mujer, la de tu novia, la de tu amiga Periquita…

Cuando me dices el gran proverbio ese, se te ve venir a la legua que eres un marrón.

Sólo un marrón con patas tiene la ocurrencia de pensar, y de decirte, que el Universo ha puesto en torno a su polla, una vagina especialmente diseñada para hacerle feliz.

¡Que no, coño!

Esto es como el que te dice que no puede vivir sin tí…: a ver si te crees que yo soy tu hígado o tu páncreas.

¡Te quieres ir!

En fin, que algunos hombres en la cama estáis mucho más guapos calladitos.

Tssssssssss.

 

Charlando con pollas

La tetilla respingona de María (que mira que está buena) a contraluz, coronada con sabroso pezón.

La tetilla respingona de María (que mira que está buena) a contraluz, coronada con sabroso pezón.

La pregunta es: ¿se puede hablar con pollas?
La respuesta correcta sería: no, porque las pollas no hablan y no puedes mantener un diálogo con ellas.
“Pero María, hija, con lo buena que estás: ¿de qué pollas estás hablando?”.
No hombre, que no.
Que es una pregunta con trampa.
No quiero tratar hoy el apasionante tema de las conversaciones entre mujeres y pollas. Eso lo dejaré para otra entrada.
Lo que pretendo poner sobre la mesa es la cuestión del sexo oral, pero del auténtico. Es decir: de hablar con una polla, cuando esa polla está dentro de tu boca.
¿Sois vosotras (o vosotros) capaces de hablar cuando os habéis metido una polla en la boca, para agradar a vuestro compañero de cama o juegos sexuales?
¿Os parece una pregunta absurda?
Pues no lo es.
Yo soy capaz.
Veréis: cuando el Carlo tiene uno de sus días de polvos prolongados, una se aburre mucho.
Sí, sí, que el sexo es divertido, pero después de la primera media hora, ya empieza uno a aburrirse. El resto es el vicio por el vicio. Ni tiene gracia, oiga.
Así que algo hay que hacer. Charlar, por ejemplo. O gastar bromas.
Y yo, cuando me aburro de comerme una polla, pues empiezo a hablar al mismo tiempo que sigo comiendo.
Al principio cuesta, pero al final una aprende. Es cuestión de colocar bien la lengua, tener flexibilidad y practicar. Además, al hombre le resulta placentero ese cosquilleo parlante.
Incluso convendréis conmigo que es supermorboso eso de tener la polla dura de vuestro compañero en la boca y decirle aquello de:
– Oé, cadi, o vea o, ¿e ar-a uo? E e añaña, eo e a-a-ar y a on as uao e a a-a-a… O i á, ío (traducción: joder, cari, no veas, ¿no? ¿te falta mucho? Es que mañana, tengo que trabajar y ya son las cuatro de la mañana… No ni ná, hijo.)
Si mi madre me viera hacer estas cosas, me regañaba fijo, porque ella siempre me enseñó que no se habla con la boca llena…