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¡Esas pollas alegres!

María La Maciza a contraluz, que no tiene un polvo, sino dos.

María La Maciza a contraluz, que no tiene un polvo, sino dos.

Cuando conocí a Carlo -la Bestia sexual doshorastiesa-, yo venía de una (aaayyyyy, me dan repelús hasta de pensarlo) relación monógama, de las clásicas de toda la vida.
Sí, vamos, la mierda esa con la que llevan siglos comiéndonos el coco y que es una gran estafa a la Humanidad.
Salí de esa relación haciendo fu como el gato, porque todo eran marrones, historias de celos, problemas, pajas mentales y decepciones que, de ninguna manera, me compensaban.
Un día mandé al gamo a tomar por culo. Y al mono también.
Y de la noche oscura, pasé a la deslumbrante mañana, sin término medio.
Carlo resultó ser un polígamo recalcitrante y un liberal en el sentido más auténtico de la palabra (aunque digáis que sí, muchos de vosotros seguiréis sin entender lo que eso significa). Quedé fascinada, descubrí otro mundo y me fui a vivir a una inmensa pradera verde llena de gamos.
Gamos por todos lados.
Polígamos.
Muchos gamos.
Montones de gamos.
Mi primera sorpresa al meterme en la cama de la Bestia, fue que la jodida se reía mientras… ¡follábamos!. Recuerdo que viví aquellos primeros minutos de humor con total impacto emocional. No sabía si era una broma, si había una cámara oculta, si salir huyendo despavorida o si darle un premio a Carlo. Y como era algo desconocido, recuerdo que al final tuve la reacción típica: me asusté (aunque intenté disimularlo lo mejor que supe).
Mi anterior pareja vivía los polvos como la cosa más seria del mundo. Yo tenía una tendencia natural a gastar bromas y decir bobadas en esos momentos. Al segundo o tercer gatillazo, dejé de hacerlo. Él me explicó que esas cosas lo desmotivaban. Así que fui respetuosa. Pero me fui volviendo triste y taciturna. Esa no era yo. En la cama todo era tensión y problemas. El menor “fallo” y todo se iba a la mierda (bueno, se le iba a él).
Y de pronto, una noche, me encuentro en la cama de la Bestia y se pasa su hora y media diciéndome gilipolleces sin parar. Santo Dios, decía tantas chorradas, que aquello parecía no tener fin. Ya me dolía la barriga de reirme.
Era un milagro… ¡¡¡¡Milaaaaaaaaagrooooooooo!!!!: la gente podía follar riéndose. Recuerdo que en un momento dado me solté la melena, y me reí de su barriga y de su polla y de cosas así, mientras me la metía hasta las entrañitas… Y yo pensé: “ea, se acabó, ahora se le desinfla y me manda a paseo”.
¡Pero qué va!, Carlo seguía y seguía, descojonado, como el conejito risueño de duracell. Es más: la humillación se la ponía más dura.
Criaturillas mías, por dios: ¡Reiros en la cama!.
Descojonaros mientras lo hacéis. Decid cuantas tonterías se os ocurran y más.
El sexo no es serio.
Es la cosa más divertida que se puede hacer.
No seáis imbéciles.