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¿Somos malas las tías buenas?

¿Las tías buenas pueden no ser malas?

¿Las tías buenas pueden no ser malas?

Se oye mucho decir eso de que las tías buenas son malas malísimas.

¿Pero es cierto o se trata de un tópico más?

Pues mirad, yo es que no tengo una Universidad de esas de Matachuches, ni de Jaguar, ni de Minestronesota en las que se hacen estudios, así que no puedo opinar con el rigor científico que las caracteriza, pero sí que estoy capacitada para emitir mi opinión personal.

Otras tías buenas lo desconozco, pero yo personalmente en persona, soy mala malignísima.

¿Que por qué?

No tengo ni la más remota idea.

Me parece que vino conmigo de serie al nacer. Como el airbag.

Ser maligna ni siquiera es divertido. O sea, que no lo hago por placer ni por diversión. Es como cualquier otro vicio nocivo: uno sabe que no aporta nada, que encima es perjudicial, pero sin embargo…

Eso sí: yo lo dejo cuando quiero.

Mañana mismo decido yo dejar de ser maligna y me salen potencias del flequillo y tó…

¿Y entonces por qué sigo siendo mala?

No sé, macho, no sé.

No es por no ser buena. Si hay que ser buena, se es. No es por no ir. Si se decide ir, se va.

Todo el que me ve la primera vez queda prendado de mi natural bonachonería. Y siempre me dicen:

“María, tía, se nota que eres un taco buena gente”.

Sí, sí.

Tendríais que verlos dos meses y cuatro polvos después…

Me llaman de hija de puta para arriba.

Pero claro, es que yo no tengo la culpa de que tú te hayas planificado un futuro ideal conmigo (retoños incluidos) y un número concreto -pero extenso- de polvetes.

Más que malas, en realidad, las tías buenas lo que somos es justas.

Sabemos la medida exacta de pasión que le corresponde a cada hombre y la administramos con la diligencia de una buena hija de puta de familia.

Toma moreno.