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No somos agapornis

Follar toda la vida con el mismo pollo es un asco.

Follar toda la vida con el mismo pollo es un asco.

Los agapornis son unos pollos pequeñajos y simpaticones -o así lo parecen al menos al principio-, de colores vivos y cara de enteraos.

Seguro que todos los habéis visto alguna vez.

Son más conocidos como “inseparables”.

Eso de agapornis, al parecer, les viene del griego “ágape” y “ornis”, que quieren decir, respectivamente amor y ave.

O sea, resumiendo, que son unos pollos amorosos, fieles y que siempre andan juntos. Cuentan las leyendas que si un miembro de la pareja muere, el otro va detrás y también la diña.

(Puedo dar fe de que eso es un bulo. Lo he visto con mis propios ojos, porque mi madre tenía varios pollos amorosos de estos y los viudos y viudas sobreviven sin más historias a su fiambre cónyuge, así que menos lobos, caperucita).

¿Pero alguna vez os ha picado con saña un hijoputa agapornis? A mí sí. Y os aseguro que están dispuestos a arrancarte el cacho de carne y llevárselo como trofeo si no te opones firmemente a ello.

¿Sabéis por qué sucede? Pues porque los agapornis son monógamos (o agapornígamos) y están frustrados. Así que la pagan con el primer dedo amable que se les acerca.

La monogamia es mala, os lo he dicho muchas veces.

Y las personas no somos agapornis.

No traemos en los genes esa necesidad de vivir emparejados siempre con un bicho.

Follar siempre con el mismo pollo es aburrido y frustrante. De ahí vienen casi todos los problemas de las parejas.

Pienso que el ser humano no es monógamo por naturaleza, sino que la sociedad le ha impuesto que lo sea por muchas razones, cuya exposición, daría para varias entradas de este blog.

Y lo que pasa es que el gallo y la gallina -como la cabra- al final siempre tiran al monte.

Vivid y disfrutad la vida un poquito.

Y no seáis agapornis, coño.

De ovejas y monos

Aquí reino yo.

Aquí reino yo.

Algo que me ocurre con frecuencia, y que me preocupa, es que las parejas (bueno, normalmente es el hombre el que me lo comenta) me explican que están tratando de convencer a su chico o chica para participar en un intercambio de parejas con nosotros.
A mí Carlo –y hace más de cuatro años que lo conozco- nunca en la vida me ha tratado de convencer de nada. Ni de follar, ni de hacer intercambios, ni tríos, ni orquestas sinfónicas.
Ha hecho algo tan simple como preguntarme si quería participar en.
Ni me ha dado explicaciones, ni argumentos, ni ha mencionado ventajas, desventajas, ni nada por el estilo.
Yo he respondido sí o no, en función de lo que me apetecía en cada momento. Sin sentir ningún tipo de presión, sin pensar que voy a “perderlo” porque diga que no, o porque si no voy con él, irá con otra y yo seré una triste princesita destronada…
¡Si yo soy la reina de mi vida!
Carlo irá con quien quiera, le diga yo lo que diga, como debe ser. Lo conocí siendo así y así espero y deseo que siga.
Y yo haré lo mismo.
Es más, ojalá Carlo (y yo), con independencia de lo que haga el otro, conozca (conozcamos) a más personas (a montones de personas) del otro sexo con las que –simultáneamente- hacer más intercambios o juegos sexuales que sean de su (nuestro) agrado.
Somos una mujer y un hombre libres que hacemos lo que nos viene en gana y ni nos damos ni nos pedimos explicaciones o argumentos.
Y no te preocupes en absoluto, querido lector, si no entiendes lo que acabo de decir. Para bien o para mal eres un puto monógamo más. Te han educado como a tal desde que tuviste conciencia de ti mismo. Tu madre te comió el coco. Tu padre te comió el coco. La televisión y el cine te lavaron el cerebro. Tus amigos y conocidos te fueron manipulando hasta hacer de ti lo que eres hoy. Los que te gobiernan, te moldearon y te hicieron justo como ellos deseaban…:
Mono y oveja.
Oveja y mono.

Extínguete ya, puto mono

Montañas montañosas. ¡Fuera, mono!

Montañas montañosas. ¡Fuera, mono!

 

Monogamia. Qué asco.

Los monógamos me caen cada vez peor. No los soporto.

Más que monógamos, yo los llamaría ORANGUTÁNGAMOS.

O GORILÁGAMOS.

Incluso MACACÓGAMOS.

O, por qué no, CHIMPANCÉGAMOS.

Bichos estúpidos que parecen personas, pero que no dejan de ser eso: bichos estúpidos.

Todo son problemas y marrones con los monos estos, oigan.

Que si no mires a mi novio/a, que si no bailes con mi novio/a, que si no se la/lo pongas duro a mi novio/a…

Anda y que os den.

Cómete a tu novio/a con patatas.

Lo mismo os creéis que no hay más tíos, ni más tías en el planeta.

Anda que no.

Por una profesión que tuve hace tiempo, yo estuve en contacto directo, puro y duro, con muchas parejas víctimas de la monogamia. Yo he visto cosas que jamás creeríais, y no precisamente en Orión ni en la Puerta de Tannhäuser…

La monogamia es una enfermedad de la mente.

No salgo de mi asombro cuando llegan a mis oídos historias de amigos y familiares relacionadas con este mal de nuestro tiempo (que arrastramos desde hace siglos, además). La gente sufre, se deprime, se suicida, mata a sus parejas…

Y todo en nombre de la fidelidad sexual y los orangutanes.

Pero nada, vosotros seguid así, putos monos.

Vosotros hacéis del sexo un infierno. Vosotros os metéis en mi cama y ya pretendéis, por tal hecho, anexionarme para siempre a vuestras tierras, como si yo fuera un minifundio. Os meáis en mí, para marcar el territorio.

Que no, hostias.

Que yo soy libre.

Y no me gustan los monos meones.

Echan peste y son estúpidos.

Manteneos lejos de mí.

¡Y extinguíos, coño, extinguíos!