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Te nombro en mi cama

Fue un día frío de invierno cuando yo te conocí.

El destino te puso en mi camino por cosas del azar y de los pulsos electrónicos.

Y desde entonces hasta hoy, ya no soy la misma.

¡Cuánto he cambiado!

Llegaste planeando, como las hojas de otoño y las águilas imperiales.

Y como viniste, te vas.

Me duele tu ausencia cada instante, me descompone el alma en lirios negros y recortes desiguales de la factura de la luz (¿qué has recortado qué?).

Y me rompiste el aliento desde el corazón a las entrañas, pasando por las túrdigas del cielo de la boca, que es donde nacen los instintos y desde donde aterrizan los aviones de la injuria (¿o era la lujuria?).

Canalla tú.

Yo, loca.

Loca loca loca.

Tú nos pusiste a flotar en el río del mundo swinger, en nuestro barquito de cáscara de nuez, adornado con velas de papel…

Y hoy nos abandonas a nuestra suerte.

Pero yo, desdichada, cuando quedamos con otras parejas y le estoy haciendo el amor a otros hombres, siempre siempre siempre -sin poder contenerme- digo tu nombre:

– Oye, Mari, que yo no soy Pepe… -me reprochan ellos desconcertados.

En mi mesilla de noche ahora tengo un quemador de hachís, para recordar el aroma de tu piel. Esencia de cacao. L’eau de Chocolat.

Y muchas mañanas, me despierto en pleno orgasmo, y toda mi cama está llena de pis, porque tengo un sueño recurrente en el que un ser divino hurga lentamente en los misterios de mi pequeña y apretada vagina…

He empezado a dormir con pañales.

Pero os digo yo que navegar sin temor en el mar es lo mejor, no hay razón de ponerse a temblar.

Y si viene negra tempestad, reír y remar y cantar.

Y si el cielo está muy azul, el barquito va contento por los mares lejanos del Sur.

Pepe, Pepe, Pepe, ooooooohhhhhhhhhhh, síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

(María, María: ¿estás bien?).