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Ola de calor julio 2014

Me gusta mucho la meteorología. Es la mar de entretenida, así que sigo a varios meteorólogos aficionados y suelo leer el foro de cazatormentas.

Son unos frikis estos meteorolocos perdidos. Siempre tratando de adivinar si va caer el diluvio universal, si va a salir el sol por Antequera, por Valladolid o si para tener mejor temperatura hay que ponerse mirando a Cuenca o a Santander.

Se nombran a sí mismos con motes relacionados con la meteorología, de modo que uno se llama Terral, otro Tormenta, otro Huracán…

A mí me gusta que me llaman CICLOGÉNESIS EXPLOSIVA. Está de moda, suena espeluznante y además hace juego con mi natural belleza macizorra.

Mirad cómo me preparo yo para la ola de calor, con este conjunto colorista, y bien fresquita, para los días de bochorno y/o terral estivales.

Así es como a mí me gusta vestirme.

¿Os gusta a vosotros?:

Vestida pá la caló y monísima de la muerte.

Vestida pá la caló y monísima de la muerte.

Me llamo Explosiva. Ciclogénesis Explosiva. Pero puedes llamarme la Mari.

Me llamo Explosiva. Ciclogénesis Explosiva. Pero puedes llamarme la Mari.

¡Corre, corre, que te pilla el terral!

¡Corre, corre, que te pilla el terral!

Un día voy a explotar de buena. Como la ciclogénesis explosiva.

Un día voy a explotar de buena. Como la ciclogénesis explosiva.

Hacerlo en público mientras nos miran

HACERLO MIENTRAS NOS MIRAN

Carlo es muy fetichista.

Su fetiche más X y el que le pone más caliente, es una prenda, o mejor dicho, un complemento: la bufanda.

Estaréis pensando que es un fetiche raro y que las bufandas no tienen ningún morbo…, pero si yo os contara de lo que es capaz una bufanda aún 30 años después…

Anoche tuve que atacar al pobre Carlo. A mí eso de atacar a los hombres no me parece bien, pero a veces no me queda otra opción.

Estábamos en un parque público, sentados en un banco charlando a la luz de la luna, como tanto nos gusta.

De nuevo me habló de su antiguo amor: la chica de la bufanda.

Rara es la noche que no me habla de ella, mientras una brutal erección comienza a despertar entre sus piernas.

Le dejé que hablara un rato y de pronto saqué de mi bolso una bufanda perfumada con mi colonia, se la puse delicadamente alrededor del cuello y le susurré al oído con voz sensual:

– Ámame como la amaste a ella.

A lo que me respondió:

– Sí, pero dentro de 30 años.

No me lo pensé y apreté la bufanda en la garganta de Carlo con un nudo doble hasta que se puso rojo. Rápidamente le até las manos a la espalda para que no pudiera huir ni defenderse, y aflojé la bufanda para que pudiera respirar. Le cogí de los huevos bien fuerte y le dije:

– O me amas inmediatamente, o te los arranco.

Como estaba claro después de aquello –y viendo su mirada- que a Carlo le urgía amarme en aquel mismo momento, me senté a horcajadas sobre él, en el banco, le bajé los pantalones y me lo follé allí mismo.

Al ir yo iba vestida con una media de red negra, de cuerpo entero, con apertura entre las piernas, sólo tuve que subirme un poco la falda de cuero negra que lleva puesta y violar en cuestión de segundos al cariacontecido Carlo.

Allí estaba él, sufriendo, sin poder hacer nada más que dejarse follar una y otra vez.
Le obligué a lamerme los pezones y a morderme el cuello, bajo amenaza de hacerle una bufanda de croché rasposo para el próximo día.

Mientras estábamos practicando aquel maravilloso acto de amor mutuo y voluntario, se nos acercó a escasos metros un chico –que suele pasar por allí a diario- paseando a su perro.

Mientras el animal correteaba haciendo sus necesidades, él nos miró con interés y se quedó disimulando a nuestro alrededor hasta que terminamos, muy rápido, porque como ya os he dicho, a Carlo le vuelven loco esas dichosas bufandas…

No sé qué tienen.