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No somos agapornis

Follar toda la vida con el mismo pollo es un asco.

Follar toda la vida con el mismo pollo es un asco.

Los agapornis son unos pollos pequeñajos y simpaticones -o así lo parecen al menos al principio-, de colores vivos y cara de enteraos.

Seguro que todos los habéis visto alguna vez.

Son más conocidos como “inseparables”.

Eso de agapornis, al parecer, les viene del griego “ágape” y “ornis”, que quieren decir, respectivamente amor y ave.

O sea, resumiendo, que son unos pollos amorosos, fieles y que siempre andan juntos. Cuentan las leyendas que si un miembro de la pareja muere, el otro va detrás y también la diña.

(Puedo dar fe de que eso es un bulo. Lo he visto con mis propios ojos, porque mi madre tenía varios pollos amorosos de estos y los viudos y viudas sobreviven sin más historias a su fiambre cónyuge, así que menos lobos, caperucita).

¿Pero alguna vez os ha picado con saña un hijoputa agapornis? A mí sí. Y os aseguro que están dispuestos a arrancarte el cacho de carne y llevárselo como trofeo si no te opones firmemente a ello.

¿Sabéis por qué sucede? Pues porque los agapornis son monógamos (o agapornígamos) y están frustrados. Así que la pagan con el primer dedo amable que se les acerca.

La monogamia es mala, os lo he dicho muchas veces.

Y las personas no somos agapornis.

No traemos en los genes esa necesidad de vivir emparejados siempre con un bicho.

Follar siempre con el mismo pollo es aburrido y frustrante. De ahí vienen casi todos los problemas de las parejas.

Pienso que el ser humano no es monógamo por naturaleza, sino que la sociedad le ha impuesto que lo sea por muchas razones, cuya exposición, daría para varias entradas de este blog.

Y lo que pasa es que el gallo y la gallina -como la cabra- al final siempre tiran al monte.

Vivid y disfrutad la vida un poquito.

Y no seáis agapornis, coño.