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Un día te voy a atar

Vas a atar a tu abuela (¡hostias, si parezco Jesucrista...!)

Vas a atar a tu abuela (¡hostias, si parezco Jesucrista…!)

Las ataduras no me hacen ni pizca de gracia.

Las asaduras tampoco, la verdad.

Y encima, engordan.

Es todo un clásico en la cama, el asunto ese de atar a tu pareja, para tenerla dominada y a tus expensas, y hacerle así lo que te dé la gana.

¿Y qué pienso yo de los nudos marineros? Pues no sé: creo que es una cosa chunga.

A mí en más de una ocasión el Carlo me ha dicho: “un día te voy a atar y verás…”.

Pero yo le miro y cuando veo su cara, las piernas me tiemblan sin control y sólo se me ocurre responderle -al estilo de los “marroquines” y al mismo tiempo que voy poniendo pies en polvorosa- aquello de:

– ¡Dispués!

No me fío yo ni de mi madre, así que mucho menos del Carlo.

Si hay que echar lazos, prefiero ser yo quien se los ponga al otro.

No me importa atarte, la verdad. Me da la risa, porque me recuerdas a una ristra de chorizos o morcillas ataditos, pero vamos, que no tendría inconveniente.

Eso sí: si esperas que te dé la paliza del siglo una vez atado, olvídate.

Si te hace ilusión que te ate, pues yo te ato.

Si quieres hasta te hago fotos.

Y si te pones tonto, incluso te follo, pero vamos que no tengo la menor intención de hacer contigo lo que se hace con los higos chumbos para quitarles los pinchos, o con los pulpos para que se pongan tiernos…

A ver: que no.

Que yo no soy una salvaje y no me gusta maltratar animalitos.

Comérmelos, sí, oigan, que están muy ricos.

Y vosotros qué: ¿sois amigos del nudo? ¿Os gusta atar, o que os aten?

Contad, contad.